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28 enero 2010

De como empezó todo...

Hola ¿Qué tal? Me llamo Juan Manuel Pérez Castilla, y a decir verdad, soy el hombre con peor suerte del mundo, veréis últimamente me pasan las ideas mas raras por la cabeza. Estoy a punto de cumplir los 30, y creo que estoy pasando por un crisis existencial. Bueno hacerme viejo me da igual, no soy esa clase de tipos, de acuerdo que estoy perdiendo algo de pelo en la coronilla pero la cosa no va mas allá, además creo que mejoraré con los años, entraré en la fase de ser un calvo viril y sexy, salvo que sea un seductor otoñal de cabellos plateados. En fin solo trato de dar sentido y averiguar desde cuando empezó a joderse todo, y saber por qué soy el hombre con peor suerte del mundo.













Fijaos nací en 1980, en el intrascendente 1980, ¿alguien se acuerda de ese año? No, nadie, podría haber nacido en el 68 con las revoluciones estudiantiles de Paris, o en el 74 cuando Franco murió, o claro está en el 83 cuando lo de 12-1 a Malta, incluso unos pocos meses después en el 81 con el fallido golpe de estado de Tejero, pero no, tengo que nacer en el soez, insípido, e inodoro 1980 y claro desde ese momento todo ha ido de mal en peor.


Crecí en Motril, una ciudad costera de Granada en una familia trabajadora y ante todo llena de mujeres, con muchas mujeres, soy el único hijo varón y eso es una gran putada, mi psicoanalista asegura que exagero mis recuerdos, pero os juro que era una gran putada bastaría solo con decir que a mi padre le costaba mucho acordarse de mi nombre resultando mas cómodo llamarme con el nombre de alguna de mis hermanas, descubriendo, para mi horror, a los tres años de edad que no me llamaba Mari, ni Esther, ni Eugenia… así que pasé la mayor parte de mi infancia rodeado de Barriguitas, muñecas chochonas y ositos amorosos comedores de gumivayas, fui ese niño al que siempre visten de niña gorda y fea pero incluso esos vestidos de grandes hombreras, para mas mala suerte, me sentaban de muerte.


Así que esta es mi historia, yo era un niño razonablemente feliz por los 80 en esos colegios públicos, esas aceras sin pavimentar, esos pederastas con montón de caramelos, y esos amigos. En los 80 podías saber cuantos amigos tenias, recopilando cuantas pedradas y hematomas craneales tenias al llegar a casa.

Pero claro cuando ya había conseguido acostumbrarme a los sujetadores de copa ancha, el rimel permanente de Estée Lauder, esquivar el 73,4 % de los lanzamientos asesinos de la reencarnación del mismísimo Satanás Antoñito el niño de la panadera, y a encontrarle el gusto a los pictolines de aquel señor tan raro del parque que siempre tenia la mano metida en el pantalón, entonces llegaron los 90. No había peor tragedia.

Y es que para mi
los 90 fueron como cuando vas a ver una película que todos te han dicho que es estupenda y por culpa de tantas expectativas acabas decepcionado, a pesar que esa película tenga un montón de efectos especiales. Supongo que creo esto ya que tuve la cara roja y enquistada como Freddy Kruger, el peor peinado a lo Forrest Gump, una jodida acumulación de grasa estomacal como el gordo de Full Monty, y sobre todo ese irritante tono de voz como el denostado Steve Urkel. Los 90, donde mi vida oscilaba entre la emoción y excitación provocada por advertir atisbos de tetamen en todos esos maravillosos capítulos de los vigilantes de la playa y el amor furtivo por la guapa del insti.  

 












Finalmente tras años de fracasos estudiantiles, sexuales, amorosos y laborales, tras el cambio de milenio, el efecto dos mil, la irrupción de Internet y el porno en Internet, las redes sociales y el porno en las redes sociales, el cibersexo, y el porno en el cibersexo, el Google y el porno en el Google, ser hippie, pijo, popero, grunch, heavy, mileurista y parado, acabamos aquí frente a un teclado sin letra Q, reflexionando sobre mi ausencia, inexistente y falta de buena, mala o alguna suerte.








“El hombre con peor suerte del mundo”.