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21 mayo 2010

De aquellos maravillosos trabajos…

Sé lo que estáis pensando. Visitáis mi blog, los dibujitos son monos pero con la tontería esa de la mala suerte pensáis en lo que hace la gente por no trabajar. Puede que sea cierto, quizás tengáis algo de razón. Al fin y al cabo soy un hombre adulto, feo y solo, vociferando desde lo alto de un cibernético escenario gilipolleces por doquier, cual mitin político multitudinario y masivo. Por tanto llegamos a la misma conclusión, lo que hace la gente por no trabajar. Pero claro, no siempre fue así. Yo antes trabajaba, por muy extraño que resulte, en el pasado tuve muchos trabajos. He trabajado en millones de lugares, pero me han echado de todos y cada uno de ellos por culpa de mi mala suerte.
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Por ejemplo, una vez me echaron de un trabajo injustamente, según ellos, por mi falta de seriedad. Vaya excusa barata y sin sentido. ¿Podéis creerlo? Me despidieron con argumentos como; que si a los clientes no les sientan bien mis bromas,  que si el trabajo no es lugar para contar chistes de fantasmas, que si el numero del ventrílocuo no lo entienden y no tiene ni puta gracia. En fin, da lo mismo hay más Tanatorios por el mundo. Es lo que tiene ese trabajo, demasiado rigor, por lo que se ve.  


En otra ocasión trabajé de ascensorista. Es un trabajo interesante y estimulante. Nunca te aburres, ya sabéis, todo el día arriba y abajo. Pero ojito, no os penséis que yo me dejaba llevar, no creáis que me tomaba el trabajo en broma. De eso nada, yo no me conformaba con darle al botoncito y para arriba o para abajo, por supuesto que no. Yo era un ascensorista de puta madre. Un ascensorista brutal. De esos que no tienen parangón, ascensores para arriba, ascensores para abajo. Un ascensorista en definitiva sin fronteras. Por supuesto que sí. Elevé el término ascensorista a su enésima potencia. No como esos otros ascensoristas, esos que van por ahí con la cara bien alta, jactándose de que son los mejores operarios de ascensor y luego bajan por las escaleras. No no no, yo hasta soñaba con plantas, halls, pisos y números. Me pasaba todo el tiempo pensando en ascensores, vivía por los ascensores. Ascensores para arriba, ascensores para abajo. ¡¡Joder claro, si es que no tenía ni un puto compañero de trabajo¡¡ Tenéis que entenderme, cuando eres ascensorista trabajas en un claustrofóbico, pintarrajeado y maloliente cubículo de dos metros cuadrados. O teniendo mucha suerte puedes trabajar en el ascensor de un hospital, que a esos les cabe una camilla, pero da mal rollo, no es un ambiente idóneo para hacer amistades. Y como podéis comprender no me apetecía envejecer siendo un ascensorista sin amigos que llega a casa y solo habla del tiempo, porque ya me diréis a mí de qué otra cosa voy hablar. No quería llegar siempre con la misma mierda, que si que buen día hace, o parece que va a llover, una vez tras otra. Ya estaba hasta el coño de tantos cirros, cúmulos y estratos.
El trabajo es muy importante y hay que sacrificarse por todo. Tiempo después de experimentar trabajos esporádicos y mal remunerados, tales como limpiar el patio de butacas del único cine X que aún permanece abierto por aquel callejón oscuro de Camino de Ronda 168, o como cartel humano del famoso slogan “compro oro” decidí trabajar… de planta. Habéis leído bien. No lo leas otra vez, que sí, que sí que me hice planta. Lo que pasa es que elegí mal, y me hice geranio.


 Y es que ser geranio no mola nada. Todos conocemos a esas marujas de vestidos estampados que salen con bolsas en la cabeza los días de lluvia. Esas señoras, sin saber muy bien la razón, hablan con las plantas. Qué cosa más rara, por lo visto están por ahí en sus cosas viendo el  “Sálvame” debatiendo sobre la fiabilidad estructural y estética de la nueva nariz de la Esteban. Entonces, de repente, piensan en lo divertido que sería contárselo todo luego al geranio. Y claro a mí en esos momentos, pues se me crean dudas morales y existenciales sobre la humanidad, llegándome a preguntar si es que esta mujer está loca, pero loca chunga. Evidentemente con esa leyenda urbana de que las plantas te escuchan, pues todo es peor aún si cabe. Imaginaos un momentito. Eres un geranio en tu macetero, y oyes los pasos acercándose de la loca en cuestión, acechándote, aproximándose y tú no paras de pensar en el mal día que tienes, como para encima tener que aguantar la brasa de una maruja chocha mientras te riega la cabeza, casi hasta ahogarte. ¿Y qué vas hacer? Eres un geranio enterrado hasta las rodillas sin poder moverte ni huir. Si todavía fueras un girasol podrías darle la espalda y que le den por saco. 


Pero gracias a dios no elegí ser una planta de marihuana. Pensad en vuestro supuesto interlocutor. Un generación NINI poli piercing y pantalón-cagao. Cuánto más crecéis y mejor aspecto tenéis más cerca está vuestra muerte. ¡Qué trágico destino acabar fumado, quemado vivo por los pies contemplando cómo te conviertes en ceniza entre el embriagador humo psicotrópico!


Tras esta fotosintética experiencia, un día de esos tontos que te levantas bien temprano y muy predispuesto a eso de las doce y media de la mañana, mientras desayunaba  leyendo yo el Segunda Mano, que es un periódico muy bueno lleno de chistes cortos y graciosísimos. Encontré de repente un anuncio ofertando un trabajo que en principio pintaba muy  interesante. Decía tal que así:

 “SE NECESITA JOVEN ENÉRGICO, CON CAPACIDAD DE
  TRABAJO EN EQUIPO, PREDISPOSICIÓN A EXPLORAR
  NUEVOS HORIZONTES EN SUS INQUIETUDES, CON
  DON DE GENTES Y ABIERTO A NUEVAS EXPERIENCIAS" .                                                      
                                 Pregunten por Mauro: 67XXXXXXX.

Incorporándome del sofá como un resorte, analicé mis aptitudes viendo que encajaba perfectamente con el perfil solicitado. Llamé al tal Mauro ese y me emplazó a una entrevista de selección.
En fin el trabajo, como explicarlo, era formar parte del equipo de mantenimiento en una sauna gay. No es que yo sepa mucho sobre saunas gay, pero siempre pensé que esos sitios eran de otra forma. Para empezar desconocía ese afán por tener la calefacción a doble resistencia, nada más acceder al interior pensé en la humareda que tenían montada esos fumetas distraídos. Hacía tantísimo calor, que al segundo de entrar ya empezaban a caer goterones como puños por la espalda, bajando sinuosamente por el huequito del coxis, que ha decir verdad es el camino más fácil. Hombre y aunque no me entrara muy bien ese bañador que me dejaron, pues tengo mi puntito aún con las gafas empañadas. Tampoco os confundáis, mal pensados, esto no quiere decir que mi persona sea un aficionado a la cascarita amarga, ni que participe en la cofradía del santísimo Modern Talking de Jesús.  Ya os digo yo no sé mucho de saunas gay, pero que la temperatura media sea de setenta grados a la sombra, con eso ya se gratina. Debido a este calorín, recomendado por mi médico de cabecera, debía tomarme duchas frías cada diez minutos para no acabar deshidratadamente ultrajado por alguno de mis orificios, con la consiguiente repercusión física. Tenía el pito como el nudo de un globo. Pero claro con lo de la manía esa que tenían todo el día los simpaticones clientes, insistiendo constantemente de que debía explorar nuevas vías, ellos siempre querían darme por… supuesto mucho cariño y buenos consejos. Deseaban ascender por el lado sur a mi corazón, tomar la carretera secundaria de mis sensaciones, y oír la cara B de mi cinta de grandes éxitos. Repito y reitero yo no sé mucho de saunas gay pero para mí ese agujero es solo de salida.


 Por lo tanto puedo decir y digo, que le den por culo al sistema laboral que ya encontraré la forma de pasar a los anales de la historia de uno u otro modo.










“El hombre con peor suerte del mundo”.


Corregido y etiquetado por Adriana Martín
 

12 mayo 2010

De aquella vez sin mala suerte…

Todo lo que me ocurre, estas vivencias, esos desagradables momentos, la multitud de humillaciones públicas y privadas que he padecido como ya sabéis, tienen un denominador común: la mala suerte. En verdad es que yo de pequeño siempre quise tener poca suerte. Porque cuando tienes tan mala suerte, (y por tanto es demasiado obvio que eres gilipollas), en el fondo el resto del mundo, sorprendentemente, piensa que eres un genio. Es en realidad como si fuera el siguiente paso. Por lo visto llega un momento en que traspasas esa delgada línea en que las personas no sólo dejan de creer que eres un gilipollas desgraciado, sino que de repente también llegan a la conclusión de que te pareces al de la película Una Mente Maravillosa. Como si no fuera posible tener tan mala suerte sin una compensación. Por lo tanto esa compensación a veces va más allá de simples toques de genialidad regalándome un buen día.

 
Fue justo el día de mi cumpleaños, de mi vigésimo cuarto cumpleaños. Para los que son de la LOGSE, cuando cumplí veinticuatro. Cumplir años siempre me ha sentado realmente bien. A decir verdad me encanta esta efeméride anual. El problema era que ese día tenia turno doble en aquel antro donde trabajaba, ese sitio infestado de cucarachas tan mal pagado. Lo único que me hacia volver cada mañana era Marta. Marta era una tía buena, de esas que además saben que están muy buenas como las princesas de cuento. De esas que son conscientes de ello e incluso lo explotan.


 En definitiva, esa mañana me las arreglé para bajar bien temprano a desayunar con la esperanza de recibir toda una retahíla de felicitaciones y presentes varios. Aparecí en la cocina donde mi madre preparaba, entre fogones, café caliente y el puchero del mediodía. Esperé paciente su felicitación, pero para mi horror no obtuve mas que un simple buenos días entre bostezos y legañas. No importa. Un olvido lo tiene cualquiera. Total, éramos tantos en casa que podía perfectamente habérsele olvidado entre las obligaciones matutinas. Me quedaba el recurso de mis hermanas. Esas niñas detallistas y adorables me agasajarían en cuanto entrasen en procesión por la cocina. Las oí corriendo escaleras abajo ansiosas por darme la felicitación que este memorable día merecía. Entraron en la cocina, se sentaron entre gritos y reproches sobre cuál de ellas se lavaría el pelo en primer lugar aquella mañana. Pero de los regalos, tarjetitas, cancioncillas, besos y arrumacos ni rastro alguno.


  Abatido por las circunstancias acaecidas, salí de casa rumbo al trabajo esperando como agua de Mayo esa compensación merecida en forma de multitud de regalos y cariños. Cerca del trabajo, al doblar la esquina, la vi a ella. Marta a veces me esperaba en aquel banco verde de la plaza de las Palmeras, para entre risas y nervios acompañarnos mutuamente al trabajo. Siempre decía que era muy gracioso. Tras unos pocos metros caminados, me felicitó. Fue ella la primera que me felicitó y se congratuló por mi nacimiento, apretando sus turgentes pechos contra mi hombro sorprendido. Esa mañana estaba convencido de que mi suerte por fin me daría una pequeña tregua.


Y es que de repente Marta, con mirada pícara, apretándose mas aún contra mi hombro, susurró en mi oído, esas palabras dulces y soñadas:

- ¿Por qué no pasamos del trabajo y celebramos tu cumpleaños? Preguntó sensualmente, evocando en mí toda clase de pensamientos impuros. Solo acerté entre balbuceos y temblor de mandíbula a asentir encandilado por el canto de aquella sirena. Agarrándome con firmeza de la mano me condujo hasta el piso que compartía con unas amigas muy cerca de nuestro punto de encuentro. Entre palpitaciones desgarradoras y ardor genital me llevó casi a trompicones subiendo las interminables escaleras hacia el tercero izquierda, sin ascensor. 

 Una vez llegamos a aquel apartamento que supondría el emplazamiento de consagración de todas mis fantasías se volvió hacia mi diciendo:

- Voy un momento a mi habitación a por tu regalo. Espera aquí. Dijo posando sus dedos sobre mis labios instándome al silencio.

 La miré alejarse hacia su dormitorio con ese ligero bamboleo hipnotizante. Tras unos minutos apareció con mi regalo. Llevaba un pastel del Mercadona enorme, acompañada por todos mis amigos. Estaban allí mis hermanas, Jaime, el de las vegetaciones y el jabalí perdido.¡Hasta mi padre vino a felicitarme! Salieron todos cantando acompasados el cumpleaños feliz mientras yo, maldiciendo mi desastrosa suerte, miraba sentado en el sofá… ¡¡En pelotas!!.











“El hombre con peor suerte del mundo”.


Corregido y etiquetado por Adriana Martín