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19 febrero 2010

De cuando tu novia te abandona.....

Como a todos, a mi me dejaron una primera vez. No me refiero a esa primera vez en que tu novia dulce y virginal acaba compartiendo su pastel de tierra y barro con Jaime, el niño con vegetaciones. No, estoy hablando de la primera vez que te abandona alguien a quien verdadera y apasionadamente quieres. Lo que me diferencia de todos vosotros, jóvenes deudores del amor de Cristo, es: mi mala suerte.








Y es que las mujeres sois muy raras, nunca queréis oír lo que pensamos. En realidad, lo que queréis es oír lo que pensáis vosotras mismas, pero con un tono de voz más grave. Así que en ese momento cuando te dejan por primera vez, todo te da igual, en serio, nada te importa lo más mínimo. Qué coño, si hasta pensé que podría estar mejor sin ella ¿Por qué no? Era joven, tenia buena salud, un buen trabajo remunerado, un cuerpo ligeramente atocinado pero aún muy sexy, por tanto, creí que esa sería una buena oportunidad para volver a divertirme.


Si ella quería divertirse, ¿por qué no iba a poder hacerlo yo también? Volvería a convertir mi pisito de alquiler en todo un picadero de jóvenes descarriadas. Montaría mi propio "night club", crearía el harén soñado por cualquier sultán saudí. Volvería al mercado sin exclusiones, bailarinas, camareras, funambulistas de circo, hasta incluso testigas de Jehová. No tendría piedad con nadie. Si no me quiere, ella se lo pierde, no voy a obligarla por la fuerza a quererme.

Aún recuerdo como si fuera ayer aquello que me dijo. Todavía hoy me parece increíble lo que me recriminaba mientras se marchaba. Parece como si la viera todavía con sus dos coletitas rubias, sus pantalones ajustados LEVI´S 501 y esa camiseta azul. Esa camiseta que le compré cuando estuvimos de camping en Benidorm aquel verano tan bonito y romántico. Ella sostenía que quería una nueva experiencia, una nueva vida, conocer gente diferente, ir a esquiar, a bailar, hacer un viaje de mochilera por Europa; que conmigo solo iba al cine y a cenar al chino de la esquina. Pero es que a mí me gusta mucho el cine y el restaurante chino tenía un descuento de estudiante tan bueno que no podías dejarlo pasar. En fin, que ella no era así, que tenía inquietudes, ganas de vivir, de participar; que nunca nos reíamos juntos. Eso tengo que aclarar que no era cierto. Yo siempre me reía, a veces incluso hasta me carcajeaba casi de cualquier cosa.



¿No podía haberme dicho todo esto antes de comprometerme? Se atrevió incluso a decirme que al principio era distinto. Por supuesto, es verdad que todo el mundo es diferente al comienzo, es natural, tienes que impresionar a la otra persona. Pero ¿qué pretendía? ¿que estuviera así siempre? Me habría dado un colapso cerebral y hubiera fallecido por acumulación de alborozamiento sensiblero. Al final, se despidió con un frío, hiriente y desgarrador ¡adiós!

Poco después, cuando por naturaleza animal masculina, intentas de nuevo salir al mercado, ya sabéis, de cacería, me di cuenta de que, claro, me faltaba práctica, hacía años que no miraba a otra mujer. Por tanto, te percatas de que te has convertido en aquel tipo, sí, ya sabéis, ese desesperado que está en la barra de aquella discoteca de preadolescentes, con un DYC aguado con Coca-Cola en la mano derecha y, en la izquierda, un Marlboro boquillero sujeto en dos dedos amarillentos por la nicotina.


De repente, esas chicas no te ven nada divertido, no se sienten atraídas por ti y no te encuentran atractivo físicamente. Hay que entender que no es nada personal; es sólo el paso del tiempo que te veas tan desesperado. Que tengas una cara antigua, que en la coronilla claree algo más que un poco de cartón y que no pares de pedirle al discjockey de la disco el “Saturday Night” de Whigfield también ayuda a esa mala imagen. Y claro, sólo te queda suicidarte de manera interno vaginal.


Tal vez, como último recurso, puedas contratar algún servicio ADSL, comenzar tu periplo entre los diferentes chats ciber-sexuales existentes en la red con la esperanza de engañar a alguna incauta que acepte visionar tus genitales por cámara web, mendigando, siempre muy dignamente, ver alguna que otra teta.

                                                                         

                                       "El hombre con peor suerte del mundo".

10 febrero 2010

De aquella vez que maté un jabalí.....

¡Yo maté un jabalí una vez!, Sí, lo sé, dicho de esta forma impresiona mucho. Maté un cerdo salvaje a tiros. Y es que salí de caza, una aciaga mañana de frío y aburrido sábado. Podría haberme quedado en casita, quizás levantarme tarde, desayunar una buena ración de churros con chocolate caliente, lavar el coche concienzudamente o incluso lo mejor de todo, simplemente no hacer nada.



Pero no, decidí acompañar a unos amigos al coto de caza privado situado por la sierra granadina. Así que fue allí donde disparé al susodicho gorrino salvaje. Cogí al jabalí y lo até firmemente al techo del vehiculo, perfectamente sujeto con la inestimable ayuda de las barras ligeramente acolchadas de mi baca. Orgulloso y extasiado por mi proeza, emprendí el regreso a mi morada. Y es justo a partir de aquí cuando mi muy mala suerte vuelve a relucir.

De camino al hogar no me percaté que la bala no había penetrado en el cuerpo del velludo verraco, y que solo le había rozado la cabeza dejándolo inconsciente. Tranquilamente iba conduciendo por la autopista absorto en mis pensamientos. Al pasar por un túnel el jabato se despertó, en serio se despertó. Joder conducía con un jabalí vivo en el techo del coche. Por si no lo sabéis hay una ley que prohíbe llevar un jabalí consciente encima de un automóvil, creedme es una prohibición para los martes, jueves y sábados.

Bien, yo no sabía que hacer, como es habitual me entró el pánico, así que recordé que unos amigos daban una fiesta de disfraces:
- Ya lo tengo, iré con el jabalí, lo dejaré en la fiesta y ya no seré el responsable. Íntimamente pensé.
Por lo tanto tomé la decisión de acercarme hasta el guateque. Plantándome en la puerta principal con el bicho al lado, llamé al timbre, me abrió el anfitrión y le dije:
- Hola,¿ ya conoces a Martín? Entramos. 
 


Bueno en la fiesta el jabalí empezó a relacionarse, tímidamente se acercó a la mesa del buffet, Enrique el de Catalana Occidente intentó venderle un seguro. En fin vamos que al báquiro le fue aceptablemente bien, se integró perfectamente, incluso hasta llegó a ligar...Se hicieron las doce de la noche y claro se repartían los premios al mejor disfraz de la velada. Así que el primer premio fue comprensiblemente para... Jaime el de las vegetaciones, que va disfrazado de cochino salvaje, mi jabalí quedó en segundo lugar.

Como podéis intuir el jabalí  se enfada, pero se enfada mucho, Jaime, el de las vegetaciones, y el bicho, ambos en estado de embriaguez, acaban peleándose en medio del jardín como histéricos poseídos invocadores de Satán, hasta que los dos yacen inconscientes sobre el césped prefabricado. Entonces pienso que me he librado de él de una vez por todas. Agradecido a Dios nuestro señor, raudo y veloz lo pongo sobre el coche y me largo al bosque. Pero por error me llevo a Jaime, ya sabéis el de las vegetaciones. Voy conduciendo con un tío semiinconsciente sobre mi auto. Evidentemente hay una ley que prohíbe conducir con un señor inconsciente disfrazado de jabalí encima de un vehiculo.

                                    

A la mañana siguiente Jaime, el desgraciado Jaime y sus vegetaciones se despiertan en el bosque, vestido de jabalí. Al pobre Jaime lo cazan, lo disecan y lo montan en la pared del Club de Golf de Playa Granada, y ya tiene guasa, porque allí no aceptan a los que no son socios. Y es una pena, porque Jaime era un buen tipo, no era muy guapo, pero olía bien.




                                     








"El hombre con peor suerte del mundo"

02 febrero 2010

De aquella vez que lo pasé tan mal…

Durante una época estudiantil de mi vida residí en esa bonita ciudad Gallega, conocida como La Coruña. Veréis lo verdaderamente reseñable, no es lo que me ocurría diariamente, ya que como todos entenderéis no me ocurrió nada interesante nunca, bueno nunca no, solo un día, un recordable día.

Eran vísperas de Navidades así que tenía que agenciármelas para volver a casa por esas fechas tan familiares. Me decidí por viajar en  tren ya que el trayecto en autobús era tan pesadísimo y largo, en esos autobuses concebidos para el transporte de presos, pero de presos de los peligrosos, que no era lo mas recomendable. Por tanto una mañana, después de una copiosa y suculenta cena, me aventuré por las calles de esa húmeda urbe en busca de mi billete perdido. Como habéis comprobado, insinúe sutilmente lo de la copiosa y suculenta cena, pues este pequeño detalle, insignificante quizás será el detonante para otro ejemplo de mala, muy mala suerte.




Poneros en situación, un joven en ayunas, por la mañana tempranito se dirige con paso firme y seguro después de una cena casi monárquica, a través de esas calles estrechas y encharcadas, hasta la panacea o tierra prometida que era la agencia de viajes que expedía los billetes de tren, la llamo tierra prometida porque estaba tan… lejos. El sistema digestivo en ese estado de almacenaje comienza a ponerse en funcionamiento y claro quiere deshacerse de aquellos nutrientes que no necesita, y eso que yo absorbo todos y cada uno de mis nutrientes.

Fue justo cuando puse el primer pie dentro de aquella coqueta oficina, cuando todo el mecanismo de deshecho empezó a encender las alarmas. Pero claro comprenderme te sientan frente a una chica grácil y lozana, como pretenden que le diga entre fríos sudores y retortijones uterinos que me estoy cagando profundamente, ¡no se puede!, simplemente rezas porque acabe rápido y sales de allí como alma que lleva el mismísimo diablo con el billete en mano, sin atreverte siquiera a decir buenas tardes y gracias.


Lamentablemente lo peor viene ahora, y es que por desgracia pertenezco a ese pequeño sector de la sociedad que no puede, aunque lo intente, hacer de vientre en un sitio publico. Preferí arriesgarme e intentar llegar a casa, pero deberíais haberme visto, con aires altivos y caminar acelerado, el cuerpo erguido cual Marqués de Perpignan, todo esto salpicado por apretones que obligaban a detenerme y apretar, sí, estáis leyendo bien apretar mis orondos glúteos para evitar la evacuación pública. Y eso habría sido todo un marrón.
   

Era una sensación tan dolorosa, además en esos momentos tu ano tiene vida propia e incluso es consciente de que estas cada vez mas cerca de casa, y claro te insta insistentemente a que aceleres el paso. Logré alcanzar mi destino, mi casa, entré en el ascensor, implorando a dios que ningún vecino se atreviera a acompañarme en mi viaje hacia mi propio grial, pulsé el numero cuatro y lentamente esta maquina comenzó su ascenso hacia mi paraíso de celosía.


Llegué a mi planta, pero no pude moverme, de repente toda esa cantidad de mierda me había paralizado, allí estaba metido en aquel cubículo, sudando de forma porcina y llorando por mi mala suerte, al borde de un ruborizado desmayo. Reuní fuerzas de flaqueza y empujé la puerta saboreando la victoria sobre mi traicionero organismo, ya no quedaba nada capaz de estropear mi gozo sobre la batalla.


Pues no, si que lo había y es que esa señora bajita entrada en años, esa mujer voluptuosa que olía siempre a naftalina, estaba inoportunamente limpiando el baño, sí, la chacha mi querida y amiga chacha no había elegido peor momento para pasar la lejía por mi añorada taza del water. Pensé rápido y eficaz, debía reaccionar antes que mi rival anal. Entré en mi habitación y allí me quedaban pocas opciones claro está. Debía decidirme entre evacuar en un bote estrecho y semivacío de pepinillos en vinagre o una socorrida bolsa del Mercadona. Y claro Mercadona es tu supermercado de confianza.







“El hombre con peor suerte del mundo”.